“¡Mamá, necesito un móvil! ¿Para qué? ¡Todos mis amigos tienen!” Es una conversación que tarde o temprano llega a todas las casas. Mi consejo siempre es el mismo: no te dejes llevar por la presión social ni por lo que hacen los demás. Haz lo que creas que se adapta a la madurez real de tu hijo, no a su edad en el calendario.
Bien gestionado, el móvil es una herramienta excelente para la logística familiar: permite saber dónde están nuestros hijos, que puedan contactarnos ante un cambio de planes o una emergencia, y fomenta cierta responsabilidad, ya que pueden avisarnos ante cualquier incidencia.
¿Por qué entre los 11 y los 13 años?
A esta edad empezamos, de forma natural, a dejar que nuestros hijos “vuelen” un poco más: vuelven solos del colegio, van solos a casa de un amigo cercano, asisten solos a sus actividades extraescolares. Cuando empiezan a ganar esa independencia física es, precisamente, cuando el móvil se convierte en una herramienta necesaria, no en un capricho.
Tres reglas de oro para el primer móvil
1. No crees expectativa. El método del “teléfono heredado” funciona muy bien: dale el más antiguo que tengas en casa, sin acceso rápido a redes sociales, sin cámara de alta resolución y sin videojuegos adictivos. De un solo gesto, eliminas buena parte del riesgo de dependencia en esta primera fase de adaptación.
2. No lo conviertas en un regalo estrella. Lo mejor es entregarlo como un procedimiento normal y natural, un martes cualquiera, no como un gran acontecimiento. Cuanto menos protagonismo le des al objeto, menos protagonismo tendrá en su vida.
3. Establece un contrato de uso desde el primer minuto. El móvil no se lleva a la mesa durante las comidas, se apaga o se deja en el salón antes de dormir —nunca en el dormitorio— y, durante los primeros años, los padres tienen derecho a conocer las contraseñas.
Normas que conviene dejar claras desde el principio
- Si te llamo o te escribo y no contestas, te quedas sin móvil.
- A la hora de dormir, el móvil se carga fuera de la habitación.
- Cuando estemos reunidos —comidas, sobremesas, visitas— el móvil se apaga.
- Cuando te hablen, miras a los ojos, no a la pantalla.
- En ascensores, conferencias o reuniones, se apaga y no se mira.
Avisar de estas normas desde el primer día ahorra muchísimos conflictos después. Si desde el principio sois estrictos, ellos mismos terminan autorregulándose; si al principio sois permisivos, corregir después siempre es más difícil.
El problema nunca es tener o no tener móvil: es el uso que se hace de él y las horas que se pasan enganchado. No dejes que el móvil sea el centro de nada en casa. El mundo no son ellos y sus móviles: son ellos, tú, y los móviles, en ese orden.
