Noche antes de un festivo, medianoche. Una madre me escribe pasándolo mal. No porque su hija esté mal —está bien. Sino porque su hija no está con ella.
Cuesta mucho ver que nuestros hijos empiezan a volar. Que no nos necesitan tanto como pensamos. Vemos problemas donde no los hay. Y el problema, muchas veces, somos nosotros mismos.
La frase que escucho cada año
Cada temporada, sin falta, oigo versiones de la misma frase: “Mi hijo no me lo dice, pero sé que está mal. Hay que cambiarle de familia.”
Y casi siempre, cuando investigamos, el hijo o la hija está perfectamente. Es el padre o la madre quien no está bien.
Todas las generaciones caen en el mismo error, aunque hoy tengamos más información que nunca. Saber que algo es normal no lo hace más fácil de vivir. Pero sí ayuda a no tomar decisiones equivocadas.
Lo que sí ocurre cuando están fuera
Estando en el extranjero, claro que no estarán como en casa. No les mimarán igual. No comerán lo mismo. No les tratarán exactamente igual. Pero les cuidarán bien. Comerán otras cosas, pero comerán. Harán otros deportes, pero se moverán. Y sin duda volverán siendo más personas: más maduras, más independientes, con un bagaje que de otra manera nunca habrían tenido.
Eso es exactamente lo que buscamos cuando tomamos esta decisión. Y sin embargo, cuando llega el momento, nos cuesta dejarlo pasar.
El miedo no es señal de que algo va mal
Sentir miedo o tristeza cuando un hijo se va lejos no significa que la decisión haya sido un error. Significa que le queremos. Eso es todo.
Lo importante es no dejar que ese miedo se convierta en acción: en llamadas de control constantes, en buscar problemas donde no los hay, en transmitirle al hijo nuestra angustia cada vez que hablamos. Porque eso sí interfiere en la experiencia. Un joven que siente que sus padres están sufriendo no puede relajarse y aprovechar lo que vive.
Dejemos que vuelen. Estemos cuando caen.
Nuestra función no es mantenerles en el aire. Es estar cuando caen. Hay una diferencia enorme entre esas dos cosas.
Sentirse libre de nosotros les hace fuertes. Y ese proceso nos hace a nosotros también más fuertes: aprendemos a confiar en ellos, a verles como personas independientes con sus propios criterios y puntos de vista. Eso no lo habríamos aprendido si nunca les hubiéramos dejado ir.
Estudiar un año fuera —especialmente fuera de Europa, donde no vuelven cada pocas semanas— es una gran experiencia para ellos. Y también para nosotros.
Qué ayuda cuando la distancia pesa
- Acordar de antemano la frecuencia de comunicación. Una llamada fija cada pocos días es mucho más sana que el teléfono abierto permanentemente. La dependencia del teléfono es el mayor enemigo de la integración.
- No preguntar si están bien cada vez que hablas. Pregúntales qué han descubierto, qué les ha sorprendido, qué han aprendido esta semana.
- Confiar en el programa y en las personas que les acompañan. Han sido elegidos por algo. Deja que hagan su trabajo.
- Buscar apoyo si lo necesitas. No hay nada de malo en reconocer que soltar es difícil y en hablar de ello con alguien.
Dejémosles volar. Y disfrutemos también nosotros de ver hasta dónde llegan.
Si estás en este momento y la distancia se hace difícil, o si estás valorando esta opción para tu hijo y tienes dudas, escríbeme. Acompaño a familias en este proceso desde hace muchos años.
