Cuántas veces hemos oído la frase: “qué suerte que a tu hijo le guste leer, al mío no le gusta nada”. Pues bien, a todo el mundo le puede gustar leer. Solo hay que ayudarles a descubrir ese mundo de la forma adecuada.

Leer es, para unos, estar al día de lo que pasa en el mundo; para otros, un rato de ocio, entretenimiento o aprendizaje. Cada uno lo hace por motivos distintos, pero en el fondo leer siempre es comunicar, aprender, soñar, pasar un buen rato a solas, en silencio, en calma. Los niños que están acostumbrados a leer mucho, leen más rápido, comprenden mejor lo que leen y se concentran con más facilidad. Por eso nos interesa tanto que nuestros hijos cojan este hábito y no lo dejen.

Primer paso: predicar con el ejemplo

Si no nos ven aficionados a la lectura, poco vamos a poder influir en ellos, por muchos argumentos de peso que les demos. Los hijos que ven leer a sus padres tienen mucho ganado. Que nos vean con un libro en el salón o en la cama, que nos lleven el libro de viaje el fin de semana… no es un detalle menor, es fundamental. Eso ya crea en ellos, desde pequeños, una certeza: los mayores leen, y no porque lo manden en el colegio, sino porque lo hace todo el mundo.

Segundo paso: crear afición desde la diversión

El hábito de la lectura debe empezar a trabajarse desde que comienzan a leer, o incluso antes, simplemente pasando páginas de libros con poca letra y muchos dibujos. Para crearlo:

  • Los libros tienen que formar parte del estante de los juguetes, como uno más, variados y adecuados a su edad.
  • Ve con ellos a comprar los libros que quieran leer. Tómate tu tiempo, mira, hojea, enséñale varios. Visita librerías o bibliotecas sin prisa.
  • Al volver a casa, comenta el libro con él: hazle preguntas que le lleven a interesarse por el argumento, por los dibujos.
  • Reserva los regalos extra para libros, cuentos o revistas. En Navidad, cumpleaños u otras celebraciones, procura que siempre haya algún libro entre los regalos.
  • No intentes influir en lo que lee: si quiere una revista o un cómic, déjale. Al principio, lo importante es que vea que para ti leer es algo serio e importante, no qué formato concreto tiene entre manos.

Hasta que coge el hábito, hay gestos que parecen irrelevantes pero ayudan mucho: que te vean disfrutar de compartir ese rato, que valores sus avances delante de los demás. Frases tan simples como “qué bien has leído hoy, se lo vamos a contar a papá” o “cómo me gusta este ratito contigo” convierten la lectura en un regalo de atención exclusiva, y eso es lo que hace que un niño quiera repetir ese rato cada día.

Segunda parte: el hábito y el horario de lectura

Tercer paso: el hábito y el horario (de 4 a 10 años)

El rato antes de dormir es ideal para leer. No siempre es fácil, sobre todo si hay más de un hijo reclamando atención, pero conviene hacerlo en riguroso orden cada día, sin dar prisa: con las prisas y los nervios, se lee peor.

Una vez instalados cómodamente, empieza tú a leer un par de páginas para que se introduzca en la historia —les encanta que les lean en voz alta— y, cuando notes que ya está metido en ella, pásale el turno. Empieza por media página, luego una página entera, alternando la lectura entre los dos. Al principio se cansan rápido; no pasa nada, retomas tú y vuelves a pasarle el turno en la página siguiente. Es mejor que leas tú más que él al principio: así se acostumbra a imaginar la historia mientras escucha.

Para trabajar la comprensión lectora, ve avanzando poco a poco: primero una frase y que te explique lo que ha leído, después tres frases, después un párrafo entero. Si un día está muy cansado, no le obligues a leer, pero no te saltes el rato: lee tú un par de páginas y a dormir. Aprovecha también para enseñarle a entonar y a respetar las comas y los puntos.

No todos los niños aprenden a leer con la misma fluidez. No les interrumpas mientras leen, salvo si inventan una palabra; si una palabra larga les cuesta, puedes ayudarles tapando el final con el dedo para que la descifren poco a poco. Hace falta paciencia, mucha, y morderse la lengua para no terminarles la palabra. Pero si lo haces bien, les acabará gustando leer contigo, y con el tiempo irán cogiendo el hábito de leer solos en la cama.

Algunas referencias que suelo recomendar: para ellas, Valeria Varita o Martina; para ellos, Gerónimo Stilton; y para ambos, los cuentos clásicos de Disney. Aunque hay muchas opciones en Amazon, sigue siendo mucho mejor ir con ellos a elegirlos en persona.

Tercera parte: comentar el libro y mantener el hábito de lectura

Cuarto paso: comentar el libro

Hablar del libro que se está leyendo motiva enormemente. Preguntas como “¿qué te parece?”, “¿qué crees que debería hacer el protagonista?” o “¿tú qué harías en su lugar?” convierten la lectura en un vínculo comunicativo, además de en una oportunidad para trabajar la empatía y el pensamiento crítico.

Quinto paso: mantener el hábito

Aprender a leer es solo el principio; lo difícil es que el hábito no se rompa. El objetivo final son cinco metas: rapidez lectora, vocabulario, comprensión, capacidad de resumen y concentración. La constancia es clave: si un libro resulta aburrido y lo deja a medias, y tiene menos de 12 años, puedes empezar a leerlo tú con él para comprobar si realmente no engancha o solo necesitaba un empujón.

Evolución por edades

  • 5-6 años: deben empezar a identificar letras y a leer.
  • 7-9 años: etapa para ganar confianza, agilidad y asentar la comprensión lectora.
  • 10-13 años: la afición ya debería estar encaminada; empiezan a leer solos en la cama por iniciativa propia.
  • 14-16 años: toca leer con regularidad para construir una buena base, también de cara a los estudios.

La fórmula, a cualquier edad, es siempre la misma: constancia, paciencia y entusiasmo.