Me tiro ahora a la piscina para hablar del sistema de evaluación en las aulas, después de oír el otro día por la radio a un maestro veterano explicar que ahora está casi prohibido enseñar. Los padres se quejan si sus hijos suspenden, el nivel ha de ser cada vez más bajo, y los sistemas de evaluación no cambian para adaptarse a las nuevas demandas del mercado.
Profesores dispuestos y preparados que no pueden enseñar ni exigir conocimientos importantes a sus alumnos porque se ven juzgados. ¿Qué ha de cambiar entonces?
El problema de la evaluación uniforme
La evaluación dentro del aula constituye uno de los pilares fundamentales del proceso de enseñanza-aprendizaje, pero no ha cambiado al ritmo que lo hace el resto de los procesos de aprendizaje.
La evaluación sigue siendo una vara de medir rígida y anclada en el pasado. Los alumnos se ven juzgados en exámenes que no ayudan a su aprendizaje, que es el verdadero fin.
“La evaluación debe ser un proceso dinámico a través del cual el alumno siga aprendiendo.”
Por lo tanto, las medidas de examinar y evaluar deberían ser variadas y guiadas por el maestro, donde cada alumno pueda sentirse fuerte en el área en que mejor se desempeña. Y además, el propio alumno debería ser parte activa de su aprendizaje y evaluación.
Te hago estas preguntas:
- ¿Has aprendido más estudiando o investigando un tema concreto?
- ¿Recuerdas más dónde has fallado en un examen o lo que has contestado bien?
- ¿Qué diferencia habría si pudieras ir a un examen sabiendo las 10 preguntas que te van a hacer?
- ¿Te gustaría poder examinarte tantas veces quisieras hasta sacar un 10?
Un modelo de evaluación diferente
El modelo que me parece más coherente promueve la evaluación como otro método de enseñanza y aprendizaje. Aquí está la propuesta:
1. Preparación conjunta del examen
El profesor expone los conceptos clave que deben dominar y formula las preguntas en clase, trabajándolas con los alumnos. Se redactan, revisan y discuten juntos, para que todos comprendan tanto los contenidos como el formato de evaluación.
Los alumnos aprenden a hacer sus propios exámenes, a redactar preguntas abiertas o de tipo test, aprenden a leerlas y entenderlas, cómo se evalúan, los criterios, las palabras clave. Esto fomenta un compromiso y aprendizaje dirigido y consciente.
2. El día del examen
Todos los alumnos saben las preguntas: es el contenido que el profesor, junto con los alumnos, ha decidido que es lo importante que han de saber sobre esa materia.
3. Evaluación multidimensional
El alumno se convierte ahora en evaluador. Para ello tiene las respuestas del examen y los criterios de evaluación redactados por el profesor. La corrección del examen se convierte en una experiencia de aprendizaje en sí misma.
El profesor actúa como pedagogo, guiando al alumno en su aprendizaje. El fin es que el alumno aprenda, no que suspenda. La evaluación es únicamente otro proceso para aprender.
4. Participación de los alumnos en la evaluación
Una característica innovadora es la participación de los propios alumnos en la evaluación entre compañeros. La evaluación anónima garantiza la imparcialidad. Y en el caso de los trabajos grupales, se enseña a los estudiantes a valorar la contribución individual dentro del equipo.
¿Por qué funciona?
Este modelo respeta las diferencias individuales en estilos de aprendizaje, ritmos de desarrollo cognitivo y socioemocional, y capacidades específicas de cada alumno. No elimina la exigencia: la transforma en comprensión.
El alumno que entiende por qué es evaluado y participa en cómo lo es, aprende más. Y ese aprendizaje dura más tiempo que el memorizado la noche antes del examen.
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