Tu hijo se tira al suelo en el supermercado. Llora, grita, patalea. La gente mira. Tú no sabes si gritar, consolarlo, ignorarlo o salir corriendo. Y cuando por fin termina, estás agotado.

Las rabietas son uno de los grandes desafíos de tener un niño pequeño. Y también una de las experiencias más malinterpretadas.

Qué es una rabieta (y qué no es)

Una rabieta no es manipulación, no es mala educación y no es que seas un mal padre o una mala madre. Es una tormenta emocional que el niño no puede controlar porque su cerebro todavía no tiene las herramientas para hacerlo.

Entre los 18 meses y los 4 años, el niño tiene emociones muy intensas pero muy poca capacidad para gestionarlas. El detonante puede ser cualquier cosa: que le quiten algo, que le digan que no, que esté cansado o con hambre. El cerebro emocional se dispara y el racional no puede frenarlo.

Es completamente normal. Lo que marca la diferencia es cómo reaccionamos.

Lo que no funciona durante una rabieta

Razonar. Cuando el cerebro emocional está activado, el razonamiento no llega. Explicarle por qué no puede tener lo que quiere en plena rabieta es hablarle en un idioma que en ese momento no entiende.

Ceder. Si cedes para que pare, le estás enseñando que la rabieta funciona. La siguiente será más intensa.

Perder la calma tú. Cuando el adulto se altera, la rabieta se intensifica. El niño necesita que alguien sea el regulador emocional del momento.

Lo que sí funciona

Mantener la calma. Es lo más difícil y lo más importante. Respira. Baja el tono de voz. Tu calma es su referencia.

Estar cerca sin ceder. No le abandones, pero tampoco le des lo que quiere. “Estoy aquí. Cuando estés tranquilo, hablamos.”

Nombrar la emoción sin juzgarla. “Estás muy enfadado porque quieres el juguete y no podemos comprarlo hoy. Es normal estar enfadado.” No le da lo que quiere, pero le hace sentir entendido.

Esperar a que pase. Las rabietas tienen un arco: crecen, llegan a su pico y bajan. Tu trabajo es no alargarlas.

Hablar después, no durante. Cuando esté tranquilo, puedes hablar brevemente de lo que ha pasado. Sin sermón. Sin rencor.

Cuándo preocuparse

Las rabietas son normales hasta los 4-5 años. Si a partir de los 6 siguen siendo muy frecuentes e intensas, si el niño se hace daño o hace daño a otros, o si interfieren significativamente en su vida diaria, vale la pena consultar.


Si las rabietas de tu hijo son muy intensas o frecuentes y no sabes cómo manejarlas, escríbeme. Con las herramientas adecuadas, esta etapa se lleva mucho mejor.