La adolescencia es el paso ineludible de la infancia a la edad adulta, una etapa llena de cambios físicos y emocionales profundos. En algunos chicos y chicas, la preadolescencia puede empezar incluso a los 11 años, y muchas familias llegan a mi consulta sin saber muy bien qué es “normal” y qué no lo es.
Qué influye en el comportamiento adolescente
- La genética y el desarrollo hormonal.
- La educación recibida durante la infancia temprana.
- El entorno familiar y la calidad de la comunicación en casa.
- El entorno social y la presión del grupo de amigos.
- Factores de salud, especialmente la alimentación y las horas de sueño.
Si durante la infancia la educación ha sido coherente —enseñando respeto, tolerancia a la frustración y responsabilidad— se cuenta con una base sólida para atravesar esta etapa con menos sobresaltos.
Las líneas rojas que no se negocian
El adolescente va a sentirse cada vez más a nuestro nivel y va a querer marcar sus propias reglas. Eso es esperable. Lo que no lo es, y no se debe tolerar nunca, son:
- Insultos o faltas de respeto hacia cualquier miembro de la familia.
- Tonos de voz elevados o gritos injustificados.
- Actitudes de violencia, física o verbal.
- Desafío directo y constante a la autoridad parental.
Al primer síntoma, hay que cortarlo. No por autoritarismo, sino porque normalizar estas conductas en casa las normaliza también fuera de casa.
Normas y convivencia
Viven en una familia, y la buena convivencia exige que cada uno aporte su parte. Asignar tareas —poner y recoger la mesa un par de veces por semana, por ejemplo— fomenta tanto la empatía como la responsabilidad. Intenta también que haya, al menos, una comida o cena al día en la que estéis todos juntos: es más importante de lo que parece para la gestión emocional de la familia entera.
Cómo gestionar las discusiones
No te pongas a su altura en los momentos de mayor tensión. El cerebro adolescente, en plena reorganización, va a mil revoluciones. La mejor estrategia es dejarle hablar, escuchar, asentir y esperar. Cuando se haya calmado —a veces hacen falta unos días— es el momento de retomar la conversación, en frío y con calma.
Decálogo que suelo compartir con las familias
- Respeta su descanso: los cambios emocionales agotan.
- Mantén la calma adulta cuando esté alterado; eres su modelo a seguir.
- Aplica la regla del minuto: si le riñes por algo, recuérdale poco después que le quieres incondicionalmente.
- Fomenta el respeto, sabiendo que son extremadamente sensibles a cómo se les habla.
- Confía en ellos: necesitan empezar a volar. Alaba sus logros e invita a sus amistades a casa para conocer su entorno.
- Sé su pilar firme: sé coherente con tus propias obligaciones y criterios.
No hay una fórmula única, pero la combinación de límites claros, calma adulta y confianza activa es, con diferencia, lo que mejor funciona en la práctica.
