Dicen que las abejas son la especie más inteligente debido a su alto nivel de aclimatación y adaptación al medio. Pequeñas, trabajadoras, capaces de sobrevivir y prosperar en entornos muy distintos. Cuando pienso en lo que queremos para nuestros hijos, a menudo pienso en ellas.

Pero para que una abeja aprenda a adaptarse, tiene que salir de la colmena.

La paradoja de la sobreprotección

Cuanto más joven es el estudiante, más influyen en él las nuevas experiencias. Su cerebro aprende a amoldarse a circunstancias distintas y conserva esa capacidad para el futuro. El esfuerzo por adaptarse sin la red de protección habitual desarrolla una inteligencia —una flexibilidad mental y emocional— que en casa, con nosotros cerca, es mucho más difícil de adquirir.

Y sin embargo, el grado de protección que ejercemos como padres no ha dejado de crecer. Nuestros propios padres no perdían tanto tiempo en preguntarse si estábamos bien o mal, si nos gustaba todo, si necesitábamos más de lo que teníamos. Se suponía que estábamos bien. Y generalmente lo estábamos.

No digo que eso fuera perfecto. Pero sí hay algo valioso en esa confianza básica que hemos perdido.

Por qué sobreprotegemos más cuando están lejos

Cuando un hijo está en casa, tenemos información constante: le vemos la cara, notamos si está triste, podemos actuar. Cuando está lejos, no tenemos esa información. Y la mente humana tiende a llenar los vacíos de información con preocupación.

A eso se suma el entorno social. Los lunes en el despacho noto los efectos de las “cenas del sábado noche”: padres que han comentado la situación de su hijo con amigos y familiares, han recibido diez opiniones distintas y llegan a la semana más angustiados que cuando se fueron. Cada uno ha añadido algo: “¿Y si la familia no le trata bien?”, “¿Y si tiene problemas con el idioma?”, “Yo no lo haría.”

El problema es que escuchamos a los amigos —que no conocen ni el programa ni al chico— más de lo que escuchamos al profesional que lleva años gestionando exactamente esa situación.

Las consecuencias de sobreproteger desde la distancia

Un padre que llama cada día preguntando “¿estás bien?, ¿seguro?, ¿no echas de menos volver?” no está acompañando a su hijo: le está transmitiendo su propia angustia.

Un adolescente que siente que sus padres están sufriendo no puede relajarse y vivir la experiencia. Siente que tiene que tranquilizarles, que cualquier queja o dificultad normal va a generar alarma en casa. Así que o bien calla lo que le pasa, o bien magnifica los problemas pequeños para justificar la atención constante. Ninguna de las dos cosas le ayuda a crecer.

El hijo que sabe que sus padres confían en él, que están bien en casa y que le esperan con los brazos abiertos cuando vuelva tiene mucho más espacio para crecer de verdad.

Una edad para cada cosa

Hay una edad para aprender y desarrollar ciertas capacidades. Pasar por esas edades sin la oportunidad de hacerlo supone no desarrollar al máximo el propio potencial.

Algunas de esas capacidades —la autonomía real, la adaptación a entornos desconocidos, la resiliencia ante lo nuevo— solo se desarrollan estando lejos. No porque los padres sean un obstáculo, sino porque la distancia es el entorno donde se aprenden.

El hecho de irse de casa durante una temporada le ofrece al hijo algo que en casa no puede recibir: la oportunidad de ejercer un rol distinto, de adaptarse a circunstancias que quizás no son cómodas al principio pero que moldean su personalidad de una manera que dura toda la vida.


Si estás viviendo esta situación y la angustia se está convirtiendo en un obstáculo, hablemos. No para que dejes de querer a tu hijo, sino para que ese amor le deje crecer.