Con cualquiera que nos hable desde los sentimientos que hemos vivido sentimos afinidad y empatía de forma casi automática. Educar, en el fondo, también es eso: cuando educamos, le estamos “vendiendo” a nuestro hijo una idea, y a la larga, queremos que esa idea se convierta en suya propia. La palabra “educar” procede del latín ducere, que significa conducir. Así que educar es, literalmente, conducir a alguien hacia donde queremos que llegue.
Si quieres que tu hijo te escuche, escúchale tú primero a él, y dile que le entiendes. Entonces, y solo entonces, te escuchará de verdad.
Educar desde los sentimientos asienta bases sólidas, para lo bueno y para lo malo. Si en cambio le gritas, lo ignoras o desestimas lo que siente, le estás formando un corazón insensible, egoísta y sin empatía, sin pretenderlo.
Paulo Freire lo resumió mejor que nadie: “La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor.”
Las reglas de oro para cuando dudes
1. Empatía. Intenta entender el porqué de sus reacciones y sus contestaciones, y piensa en cómo te sentirías tú en su lugar.
2. Paciencia. Educar requiere paciencia; las prisas y los nervios son malos compañeros. No improvises: cada hijo aprende a su ritmo, uno será más ordenado que el otro, más ágil o menos torpe. Todos somos diferentes.
3. Perseverancia. Cada gota llena el vaso. No te canses de educar: hazlo con una caricia, con mimo, con la mirada, con un abrazo, con una palabra cariñosa, pero también con disciplina.
4. Constancia. Aunque sientas que no sirve de nada repetir lo mismo cada día —que se lave los dientes, que se peine, que ordene su cuarto— sigue diciéndolo, o mejor aún, muéstrale las consecuencias reales de sus acciones.
5. Humor. Las cosas se pueden decir de muchas maneras, y dichas con humor casi siempre nos sientan mejor a todos.
6. Descanso. Si tú estás descansada o descansado, tendrás mucha más paciencia, más ganas de pensar en cómo se siente tu hijo y más capacidad para transmitirle lo que de verdad quieres transmitirle.
Cuando educas desde el corazón, le estás inculcando a tu hijo los sentimientos que más le van a servir el resto de su vida para relacionarse en sociedad: compasión, tolerancia, confianza, seguridad, afabilidad. No hay atajo para eso. Solo hay corazón, paciencia y constancia.
