¿Le digo “no” a mi hijo demasiadas veces? ¿Lo malcrío diciéndole “sí” a todo? Educar es, probablemente, una de las tareas más complicadas que existen, y hay momentos en los que las situaciones nos superan y no sabemos muy bien qué hacer.
La adolescencia es, sin duda, uno de los periodos más conflictivos y, a la vez, más decisivos en el desarrollo de un hijo. Ni todo sí, ni todo no: el equilibrio es lo que permite sacar lo mejor de ellos. Decir sí a todo crea personas incapaces de apreciar lo que tienen; el rechazo constante transmite negatividad y la sensación de no ser querido. Estas son las seis claves que más me ha funcionado trabajar con las familias:
1. Sé firme
No cedas aunque haya lágrimas, gritos o pataletas. Si dices “no”, mantén tu palabra. En caso contrario, tu hijo aprenderá que esa es la forma de conseguir lo que quiere cuando algo no le gusta.
2. Cambia el lenguaje
Existen muchas formas de decir “no” sin que la palabra “no” esté todo el rato en tu boca. Posponer una petición o proponer una alternativa suele funcionar mejor que la negativa directa.
3. Mantén la calma
Cuesta no perder la paciencia y enfadarse. Respira, explica con calma; de lo contrario solo transmites negatividad o, peor aún, miedo.
4. Razona con él
A veces el enfado viene de que, sinceramente, no entiende el porqué del “no”. Ponte primero en su lugar: dile que entiendes lo que le gustaría, que a ti también te gustaría poder decir que sí, pero explícale el motivo dentro de lo que pueda comprender a su edad.
5. El “no” necesario
Especialmente en la infancia, un niño que escucha “no” y lo entiende, lo acepta mucho mejor en la adolescencia. “No” significa no. A veces no hace falta una razón elaborada: es, simplemente, por el bienestar de todos.
6. Marca límites y normas claras
Que sean claros, que no varíen de un día para otro y que no sean excesivos. Estos límites cambian con la edad, y los niños deben aprender a seguirlos desde pequeños.
Educar a los hijos no es fácil, y lo que funciona con uno no tiene por qué funcionar igual con otro. A veces algo sale mal, pero culparte es contraproducente: solo sirve para entender qué pasó y volver a empezar con más información.
