A veces algunos educadores, con buena intención o sin ella, desaniman a los estudiantes con dificultades diciéndoles que no van a poder tener éxito académicamente. Tengo un enorme respeto por la profesión docente, pero también creo necesario poner nombre a los mensajes que hacen daño, vengan de donde vengan.

Frases como “no vas a aprobar”, “no estás hecho para estudiar” o “no encajas en nuestro sistema” constituyen, lisa y llanamente, un daño psicológico. Los estudiantes interiorizan estos mensajes y pierden la confianza antes incluso de intentar mejorar de verdad. No es pereza lo que sigue a esa frase: es resignación aprendida.

Cada cerebro requiere un enfoque de enseñanza distinto. Cuando un estudiante con dificultades termina suspendiendo, el fallo casi siempre pertenece al sistema y a los adultos que lo rodean, no al niño. Y los mensajes negativos no corrigen nada: lo único que consiguen es que el estudiante rechace por completo la escuela, que era justo lo contrario de lo que se buscaba.

Lo que sí funciona, especialmente con adolescentes

  • “Eres capaz de aprobar si te comprometes.”
  • “No todo el mundo aprende de la misma manera.”
  • “Creo que podemos diseñar juntos un plan de mejora.”
  • “¿Puedo ayudarte?”

Son frases sencillas, casi obvias, pero cambian por completo la forma en que un adolescente se relaciona con sus propias dificultades.

A los padres les digo siempre lo mismo: no permitas nunca que alguien le diga a tu hijo que es incapaz. Ese tipo de afirmaciones son una forma de abuso psicológico, aunque vengan envueltas en un tono de preocupación o de “realismo”. Los niños no suspenden por incapacidad. Suspenden, casi siempre, porque han perdido la confianza en sí mismos, después de que algún adulto la socavara antes de que pudieran hacer un esfuerzo genuino.

Tu hijo es capaz. Esa frase, dicha de verdad y sostenida en el tiempo, vale más que cualquier clase de refuerzo.