¿Cuántas veces nos hemos preguntado, como padres, si los videojuegos son buenos o malos para nuestros hijos? La respuesta honesta es: depende de cuáles, de cuánto tiempo y de cómo se juegan. Y la investigación científica tiene cosas interesantes que decir al respecto.
Lo que dice la investigación
La neurocientífica Daphne Bavelier, de la Universidad de Rochester, ha estudiado durante años el efecto de los videojuegos de acción en el cerebro, y su conclusión es clara: este tipo de juegos entrena la atención y la toma de decisiones. Quienes juegan refuerzan, casi sin darse cuenta, habilidades cognitivas, sensoriales y espaciales. Son cerebros entrenados para los cambios rápidos.
Los resultados de sus estudios muestran que las personas que juegan a videojuegos de acción aprenden hasta el doble de rápido a realizar ciertas tareas, una mejora que no aparece con otro tipo de juegos, como los de estrategia o los puramente sociales. Bavelier lo explica a través de lo que llama “inferencia probabilística”: nuestro cerebro recoge información del entorno, la ordena y calcula constantemente la probabilidad de que ocurran ciertos eventos. Los jugadores habituales están acostumbrados a un mundo que cambia muy rápido, y eso entrena justamente esa capacidad.
Cómo sacarles partido sin que se conviertan en un problema
- Habla con tu hijo sobre los juegos. Entender por qué le gustan, y escuchar su punto de vista, abre una puerta de comunicación que muchas veces se pierde si solo los prohibimos.
- Evita que jueguen aislados. Los juegos que implican interacción con otras personas y comparten tiempo de ocio son, con diferencia, más beneficiosos que los que se juegan completamente en solitario.
- Aprovecha el idioma. Muchos videojuegos están en inglés, lo que representa una oportunidad real de aprendizaje y de motivación para practicar el idioma.
- Pon horas determinadas, preferiblemente en fin de semana, nunca en soledad absoluta y con el tiempo controlado de antemano.
- Juega con ellos de vez en cuando. Es una de las formas más rápidas de entender sus intereses y de abrir conversaciones sobre el contenido del juego.
Los videojuegos no son, en sí mismos, ni el enemigo ni la solución. Como con cualquier otra pantalla, lo que marca la diferencia es el acompañamiento: cuánto, cómo y, sobre todo, con quién se juega.
